Blog de limaduradehierro

Y llegaron los carnavales

Y llegaron los carnavales, que lindos che. La pibada correteando, la familia y el picnic, los amigos y las amigas con la birrita, los noviecitos mimoseando. Todos reunidos en el Scalabrini para tomar fresquito y disfrutar de la comparsa, los bailes y la música. Así que allá fuimos con mi amigo Juan Car. Nos compramos unos packs de birrita, picamos unos fiambres y partimos rumbo al parque. Lleno de gente por doquier, ya cuando nos acercábamos al predio el viejo y querido “Rey Momo” o nieve o espuma o “la porquería esa que tiran tanto pendejos boludos como grandotes boludos”( según Juan Car), desfilaba por los cielos en largos chorros. Pobre “Jota Ce”, que amargado que anda. Y bueno, hace mucho que no sale, pensé. Además anda mal: se separó hace poco. Segundos después mi amigo sería rociado en su rostro por una pequeña criaturita de pelo largo y sonrisa traviesa, que desapareció luego de gozar unos segundos frente al rostro espumado de este. Un pequeño silencio se rompió con una carcajada de ambos. Y que esperabas, amigo, le tiré. Llegamos, nos ubicamos cerca del “pequeño corsódromo” y disfrutamos del baile, las murgas, las comparsas y la “mar en choche”. Ya para esa altura la maldita espuma andaba de mano en mano, llovía en todas las direcciones y en ángulos posibles, provenientes de los pequeños pulgares de niños o de manos maduras (y cuando no peludas) de adultos. A esa altura la birra hacía efecto. Juan Car estaba obnubilado por una bailarina que se acercaba a saludar a la vaya, que estaba a escasos metros de nosotros. “Jota Ce” se abalanzó hacia ella, como muchos otros muchachos.

Yo me mantuve, pensaba en Juan Car y por dentro me reía: disfruta hermano, que tantas lágrimas derramaste. El clima de fiesta, la sonrisa de Jota Ce, la joven bailarina que lo obnubilaba, la nenita de metros al costado que tiraba con total impunidad a la cara, todo se vio interrumpido por un grito: “déjenme laburar”. Un grupo de “control urbano” y un can, rodeaban a un viejito que vendía “Rey Momo”. Llevaba uno de esos carritos de las compras que usan los jubilados. Lleno de packs de la espuma en cuestión. Un agente intentó secuestrárselo, a lo que el vendedor, de zapatos gastados y gesto adusto pero amable, le propinó un empujón al jovencito que lo distanció varios metros para atrás. Ya para ese momento éramos varios los que habíamos acudido en auxilio del viejo vendedor: “Déjenlo laburar”, parecíamos gritar a coro.

“No ven que hay un montón de otros vendedores”, disparó alguien, “después qué, ¿van a meter en cana a todos los que están tirando espuma?”, señaló con mucho criterio una mujer. Ya en un tono más combativo, también se escuchó: “conseguite un laburo de verdad, verdugo”. Las cosas se calmaron del lado de los agentes del orden, que dejaron de fustigar al viejo vendedor ambulante. Pero empezaron a discutir con nosotros, o sea, los que saltamos. “Que nosotros también estamos laburando, que cumplimos funciones, que esto, que aquello…”. El único hombre de azul que acompañaba a los “urbanos” se me acerco primero en tono confrontativo, diciendo que lo había insultado. Respondí respetuoso y con el “oficial” por delante, sin tutiarlo. Con altura, ¿vio?. Sin embargo, el tipo denotaba una tremenda falta de “profundidad teórica”, como diría Jota Ce, que a esa altura lo había perdido por completo, como así también a los que a mi alrededor habían saltado: habían desaparecido. Cagué, pensé. Termino en el calabozo el día del carnaval. Por sobre el hombro del milico, a no más de 5 metros, nuestro héroe, el vendedor de espuma, finalizaba una venta y daba el vuelto a un niñita que corría a seguir con sus andanzas pícaras. Vuelvo sobre el milico, que ya no tenía un tono confrontativo, sino más bien “amistoso”, cosa que me ponía más incómodo que saber que me podían encanar. Le seguí la corriente hasta que interrumpí abruptamente su monólogo para decir “disculpá, perdí a mi amigo”, y sin solución de continuidad arranqué a caminar sin rumbo fijo, pero lejos del hombre de azul. Unos metros más adelante Juan Car, visiblemente afectado por la birra, la calor, los movimientos pélvicos de la bailarina que lo obnubila, estaba con los ojitos medios chinos, extasiado. Se acerca a mi bailando (o algo parecido a eso), y me abraza afectuosamente. Gracias por invitarme, me lanzó. Necesitaba esto.


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